El Ángel | De: Boris Oliva
27.07.2017 18:31
¿Cómo había llegado a esto?; él no lo sabía bien. Todo comenzó con la
enfermedad de su esposa, larga y agónica; luego siguió una serie de sucesos que
iban de mal en peor y finalmente, el accidente que le costó la vida a su única hija.
Finalmente estaba solo, vacío y sin esperanzas y la vida era demasiado pesada
cargando con todo ese dolor. Pero el escape a todo su sufrimiento estaba tan
cerca que parecía un chiste, a solo un paso de distancia y cien metros hacia
abajo.
Finalmente cerró sus ojos y se inclinó levemente hacia adelante. El viento
fresco que golpeaba su cara le pareció gratificante; pensó que sentiría miedo al
caer al vacío, pero por el contrario una sensación de paz lo inundó.
El ángel caído observaba con satisfacción su obra, sentado en la cornisa
del edificio, fuera de la capacidad de la vista de los mortales humanos, que
deambulaban de un lado para otro por las calles, ajenos a su presencia e
influencia. De pronto frunció el ceño ante algo inesperado y que violaba las leyes
básicas de la mecánica, de la caída de los cuerpo; el cuerpo del hombre comenzó
a caer cada vez más despacio, hasta que poco a poco, antes de estrellarse contra
el suelo, pareció quedar flotando y desvió su descenso, para terminar posándose
suavemente sobre un montón de bolsas con basura.
-¿Pero cómo es posible?; se preguntó. Cerrando sus ojos y abriéndolos
nuevamente, pudo ver la causa de tan extraño acontecimiento. Una joven mujer
observaba al hombre, que confundido abría los ojos y se levantaba y marchaba.
La mujer miró hacia arriba y sonrió al ver la cara de frustración del ángel
caído, mientras desplegaba unas blancas y resplandecientes alas y con un leve
batido de ellas, se elevaba desapareciendo en el cielo, sin que ningún humano la
pudiera ver.
-¡Pero qué inoportuno!; exclamó el ángel. -Ya no se puede trabajar
tranquilo en esta ciudad.
...
Parado sobre un puente el ángel caído observaba el paso de los vehículos;
después de un rato se decidió. Un semáforo no cambió su luz cuando el otro lo
hiso en un cruce de avenidas. La mayoría de los conductores no alcanzó a
reaccionar, produciéndose varios choques en cadena. Algunos vehículos volcaron,
otros comenzaron a incendiarse; en medio de los golpes de metal chocando, se
oían gritos y lamentos. Un camión que transportaba combustible quedó parado
frente a un colegio, el conductor con un golpe en la cabeza yacía inconsciente;
mientras el tanque de combustible comenzaba a gotear y el líquido se deslizaba,
lento pero seguro, hacia un automóvil que en ese momento se incendiaba. El
ángel caído miraba con agrado la escena, mientras con un dedo contaba todas
las víctimas, cuyas almas pronto reclamaría.
Finalmente el hilo de bencina que dejó el camión, terminó por inflamarse y
el fuego corrió rápidamente, garantizando la gran explosión y mortandad que
pronto habría. De pronto una gota de agua cayó en la cara del ángel, a la que
siguieron muchas más, desde un cielo que se había cubierto de nubes negras,
cuya agua terminó por apagar todos los fuegos, aunque eso no debería poder
ocurrir.
-¿Lluvia?; se preguntó el ángel.
Cerca suyo, lentamente descendió la joven, con sus blancas alas inmóviles,
como si se tratasen de un paracaídas que la hizo posarse suavemente.
-¿Tú otra vez?; preguntó el ángel caído. -Debí imaginarlo. ¿Hasta cuándo
vas a entrometerte en mi trabajo?
-Cuantas veces pueda; respondió ella.
-Ya te descuidarás; opinó él.
-No lo creo; indicó ella. -Ya sé cómo localizarte.
El ángel desplegó sus blancas alas, que brillaron bajo la luz del sol.
-Ya verás, no podrás detenerme siempre; advirtió el ángel caído. -A
propósito, tienes lindas alas; agregó cuando el ángel se elevó.
El ángel sonrió aunque no sabía por qué, simplemente sintió deseos de
hacerlo. Se sentía contenta, supuso que por un trabajo bien hecho. Miró satisfecha
sus alas; nunca antes había notado lo lindas que eran y se sintió más feliz.
Después de revolotear un rato, extendió su mano derecha y se abrió un portal de
luz frente a ella, por el cual pasó y desapareció.
El ángel caído se encogió de hombros, abrió sus negras alas y se elevó
sonriendo, para desaparecer tras una nube.
...
El gran avión de pasajeros iba completamente lleno cuando él posó sus
ojos en su figura.
-Esta vez no me ganarás; dijo para sí pensando en el ángel.
Plegando sus alas hacia atrás se lanzó contra el avión, pero cuando estaba
por alcanzarlo, sintió un golpe que, aunque no le produjo dolor, le hizo caer varios
cientos de metros en picada. Abriendo sus alas a todo su largo, logró estabilizarse
y vio un destello blanco que se acercó rápido a él y se detuvo cerca suyo.
-Voy a pensar que me estás siguiendo; dijo él con el viento acariciando sus
plumas.
-De hecho lo estoy haciendo; reconoció ella.
-No lo lograrás; dijo él batiendo sus alas y elevándose nuevamente hacia el
avión, que ya volaba cerca del aeropuerto.
Agitando sus alas y luego cerrándolas de golpe tras su espalda, el ángel
aceleró en forma vertiginosa. Sujetando de los tobillos al ángel caído, lo arrojó lo
más lejos que pudo, dándole tiempo a los pilotos del avión aterrizar sanos y
salvos, ignorantes de la batalla que en el aire se desarrollaba por ellos y sus
pasajeros,
-Ahora vas a ver; le gritó el ángel caído, volando a toda velocidad hacia ella.
El ángel giró rápidamente y bajó en picada, con el ángel caído tras él.
En una rápida maniobra ella se elevó, lo mismo que él, rosando casi el
suelo.
-Te alcancé; le dijo él poniéndose a su lado e igualando su velocidad.
-Eres demasiado lento; le contestó ella dándole un fuerte empujón.
-Eso crees tú; dijo él tomándole su larga cabellera y cubriéndole la cara con
ella. Enseguida él cambió de dirección en forma brusca.
Detenido en el aire, el ángel caído esperaba que el otro ángel lo localizara.
-Ya te vi; dijo ella volando veloz hacia él.
Con una sonrisa él voló directamente hacia ella a toda velocidad. Ante la
inminente colisión el ángel se detuvo en seco, quedando parada en el cielo; sin
intensiones de detenerse él siguió volando y tomándola de la cintura avanzó varios
kilómetros empujándola, para finalmente detenerse sin soltarla. Al frenar ella
apoyó sus manos en los fuertes hombros de él y así se quedaron quietos un
instante sin decir ni una palabra.
Pestañando rápido el ángel se retorció un poco y logró soltarse del abrazo
de su enemigo, elevándose alto y deteniéndose frente al sol, para ocultarse con su
brillo. Por un instante miró al ángel caído antes de continuar su vuelo, para abrir
un portal e irse de este mundo. Él se sonrió y voló rápido, como nunca antes y se
desvaneció.
...
Equilibrado sobre una antena, en lo alto de un rascacielos, el ángel caído
observaba la ciudad en busca de alguna víctima.
-Esta vez no me despegaré de tu lado; dijo el ángel detrás de él.
-Cómo quieres, pero vas a tener que volar rápido para poder seguirme el
paso; aceptó él.
Los disparos atrajeron la atención de ambos ángeles.
-Es un asalto de banco; indicó el ángel, pero el ángel caído ya volaba hacia
el lugar.
Rodeados de policías, los asaltantes tomaron a una mujer como rehén e
intentaban escapar escudados en ella. Los bandidos disparaban sin cesar sobre
los policías, por lo que el ángel se puso frente a ellos; las balas se desviaban sin
tocarlos, pero nadie se percataba de ello.
El ángel caído se hizo visible para los asaltantes, quedando estos
espantados y helados ante la aparición, oportunidad que la rehén aprovechó para
escapar.
Uno de los delincuentes fue abatido en el lugar por los policías, en tanto
que el otro logró escabullirse hasta un vehículo que lo aguardaba. El conductor
aceleró a fondo y el auto partió haciendo chirriar los neumáticos. Ante un
movimiento de la mano del ángel caído, el conductor perdió el control de la
dirección y se estrelló contra un poste, muriendo ambos asaltantes
instantáneamente.
Un vehículo que venía detrás perdió el control y se dirigió hacia una mujer
con un bebé en brazos, amenazando con atropellarlos. En lo que demora un
pestañeo para los humanos, el ángel caído corrió hacia el lugar y detuvo el auto
con una mano, cubriendo a la mujer y al bebe con la otra. De alguna forma el bebé
vio a su salvador y se sonrió.
-Si te mantienes por el buen camino no vendré por ti; le dijo el ángel caído
haciéndole cosquilla en el cuello.
-Aggú; fue la clara respuesta del pequeño.
-Salvaste a muchas personas hoy; le comentó el ángel a él.
-Y tú no impediste que atrapara a estos bandidos; observó él.
-Ellos se lo merecían; respondió ella.
-Yo no mato solo por matar; indicó él.
-Aun así gracias; agregó ella abriendo sus alas.
-¿Te veré mañana?; preguntó él imitándola.
-No lo sé; respondió evasivamente ella.
-Recuerda que tengo muchas almas que recolectar; indicó el ángel caído.
-Si realmente se lo merecen no intervendré; contestó el ángel. -Pero si
merecen una segunda oportunidad, ten por seguro que te detendré.
-Cuento con eso; aceptó él. -A propósito, tus alas se ven más lindas que de
costumbre.
-Gracias; contestó ella, emprendiendo el vuelo con una sonrisa.
Alguien de una jerarquía más elevada de ángeles, observaba con malos
ojos y desagrado la amistad que estaba surgiendo.
...
El ángel caído recorría el cielo haciendo piruetas y volviéndose visible de
vez en cuando, solo por el placer de jugar con la gente asustándola.
-¿No vas a cazar hoy?; preguntó una voz a su espalda.
-Prefiero pasar el día volando junto a ti; respondió él. -El mundo no se
detendrá si tú y yo nos tomamos un descanso.
-Creo que tienes razón; dijo ella revoloteando en torno a él. -Pero deberías
tener más cuidado.
-¿Con qué?; preguntó él.
-Demasiados humanos te han visto; indicó ella.
-Sí, y mira las pesadillas que van a tener esta noche; respondió el ángel
caído. -Y mañana tempranito se van a ir a encerrar en una iglesia, así es que le
hice un favor a tu jefe.
-No tienes remedio; comentó ella con una sonrisa.
El ángel que estaba directamente en autoridad sobre ella, estaba de muy
mal humor por la falta de buen juicio de uno de sus subalternos y lo tendría que
arreglar personalmente, antes de que se enterasen en los niveles superiores.
...
En el borde de una terraza, en el edificio más alto de la ciudad, el ángel
caído observaba en busca de alguna posible víctima, cuando sintió un aleteo tras
suyo.
-Hola, llegas temprano hoy; saludó sin darse vuelta.
Al no tener respuesta se volvió curioso.
-¿Te comió la lengua el ratón?; preguntó sonriendo. Sonrisa que se le borró
de los labios, al ver parado frente a él a otro ángel, empuñando una candente
espada flamífera.
-Pero que desagradable sorpresa; comentó el ángel caído sin quitarle la
vista de encima a su agresor.
-Hasta aquí llegará tu pecaminosa existencia; dijo amenazante el ángel.
-No creo que sea necesario ponerse tan extremista; opinó él. -Tratemos de
aclarar todo como personas civilizadas.
-El tiempo para las palabras terminó demonio; dijo el ángel lanzando una
estocada que no alcanzó su objetivo.
Atravesado por la hoja de fuego que la joven ángel le clavó por la espalda,
soltó su arma; oportunidad que el ángel caído aprovechó para clavarle también su
espada.
Concentrados ambos ángeles, hicieron arder con fuerza las hojas de sus
armas; el cuerpo del ángel mensajero se inflamó por completo, convirtiéndose en
ceniza brillante que se fue en el viento.
Asustada ella soltó la espada, desvaneciéndose en el aire sin la energía
que la alimentaba emanada del cuerpo mismo del ángel.
-¿Pero qué he hecho?; preguntó. Sin saber qué hacer, abrió sus alas y se
elevó rauda hacia lo alto.
Afligida intentó varias veces crear un portal que la sacara de este mundo,
pero sin ningún resultado.
-Por favor déjame entrar, yo puedo explicarlo todo; trató de excusarse. -El
mensajero atacó sin justificación.
A pesar de su insistencia, sus súplicas no recibieron respuesta, lo cual la
hizo reflexionar y no callar lo que sentía y pensaba.
-Siempre nos has hablado de enseñar a los humanos a amar a su prójimo.
Dices que hay que perdonar a los que nos ofenden; decía ella. -Los humanos
dicen que eres un dios de amor, pero nos niegas la posibilidad a nosotros de amar
a otros.
Los gritos y quejas del ángel no tenían respuesta alguna y su dolor se
convirtió en rabia.
-Me castigas por atreverme a amar y por defenderlo a él, que solo hacía su
trabajo; gritaba furiosa ella. -¿Esa es tu compasión?, ¿así demuestras tu bondad?
-Solo eres un viejo egoísta y amargado; continuó ella cada vez más
enojada. Te odio y no quiero saber más de ti.
-Prefiero arder en el infierno antes que consumirme como una vela bajo tu
yugo; gritó ella con los ojos incandescentes de odio y dolor.
Abriendo sus alas en toda su extensión, el ángel cruzó el cielo como una
bola de fuego, que aterrorizó a cuantos la vieron pasar. Con un estrepitoso golpe,
que hizo un pequeño cráter, ella aterrizó aun agitada.
En un santiamén el ángel caído llegó junto a ella y le toco sus alas, sus
ahora negras alas, como las suyas. Abriendo sus alas él la abrazó y envolvió con
ellas.
Abrazándolo fuerte ella lloró por lo que le acababan de quitar, pero en el
fondo contenta de haberlo podido salvar.
-Ya estoy bien; dijo ella. -No vale la pena llorar por algo que no tiene
remedio.
-Es un paso muy grande que has dado al liberarte; dijo él. -¿Pero por qué lo
hiciste?
-Supongo que por tu culpa; opinó ella.
-¿Por qué por mi culpa?; preguntó él.
-Porque si no te hubiera conocido no habría aprendido a pensar y a sentir
por mí misma; reconoció ella mirándolo directamente a los ojos.
-¿Y por eso matamos al mensajero?; quiso saber él.
-La eternidad no tiene ningún sentido si tú no estás en ella; contestó el
ángel.
-¿Comprendes que ya nunca podrás volver?; preguntó él.
-¿Y para qué voy a querer volver a esa prisión?; contestó ella agitando sus
alas y elevándose de un solo impulso.
-¿Lo dices en serio?; preguntó él.
-Ya me aburrí de hablar; contestó ella. -Quiero disfrutar de mi libertad.
Volando de un lado para otro y revoloteando en torno a él, ella reía como
nunca le había sido permitido hacerlo. Libre de amarras y reglas tontas, ya nada la
podía detener.
Él, sin ser menos, trataba de seguirla en su juego.
-¿Alguna vez has enrollado nubes?; preguntó ella, girando rápidamente
sobre su eje y metiéndose dentro de las nubes.
Las nubes comenzaron a ser absorbida por la fuerza de succión provocada
por la rápida rotación de ella, para terminar formando una gran trompa de aire en
torno suyo, que giraba cada vez más aprisa. Ella miraba fascinada su nuevo
juguete que rugía ensordecedor.
Dejándose llevar por una travesura no habitual en ella, se movía con el
remolino de un lado para otro; hasta que una idea nueva le cruzó por la mente y
se lanzó en picada, llevando consigo el tornado. A unos cuantos kilómetros de
altura se salió rápidamente de él y lo sopló hacia abajo.
-Huy, se me soltó; dijo cuándo el gigantesco embudo cayó sobre la ciudad,
arrancando árboles y casas, devorando todo lo que se hallase a su paso, o al
alcance de sus vientos.
El terror era indescriptible en los habitantes de la urbe, que no estaban
acostumbrados a semejantes fenómenos climáticos. Escapar era imposible y tratar
de resistir la fuerza del monstruo era inútil.
La devastación era completa cuando el tornado se disolvió solo, sin la
influencia de ella que lo impulsaba. Edificios destruidos, vehículos volcados,
construcciones y árboles arrancados de raíz; los cadáveres se contaban por
miles, en el peor desastre ocurrido en el país y uno de los mayores del mundo.
-Bueno, habrá que aprovechar; dijo él abriendo sus oscuras alas y
descendiendo sobre las ruinas de la ciudad, recorriéndola en vuelo rasante. En
unas cuantas pasadas él se había apoderado de miles de almas que gritaban de
terror ante su eterno destino.
-Ups, fue un accidente; dijo ella con mirada de niña traviesa.
-Sí, como no; comentó él. -Reconoce que lo disfrutaste.
-Está bien; aceptó ella. -Fue entretenido.
-Lo sé; reconoció él. -A mí también me agrada castigar a los humanos.
-Además, se lo merecen; agregó ella. -Puedo ver ahora toda su maldad e
hipocresía.
-Y tú que tratabas de que yo no hiciera mi trabajo; comentó él.
-Ahora veo claramente que están hechos a la imagen y semejanza de ese
viejo amargado; continuó ella. -Son igual de miserables, hipócritas y abusadores.
Ahora entiendo tu trabajo.
-¿Ves que estabas equivocada?; recalcó él.
-No estaba equivocada, estaba ciega; corrigió ella. -A propósito, me quedé
sin trabajo, creo que voy a tener que repartir currículos.
-Ya me imagino; pensó él. -Ángel con experiencia, se ofrece como asesor y
consejero; no tengo referencias por haber sido finiquitado por matar a un superior;
bromeó él. -Supongo que a mi jefe le podrá interesar contar con tus servicios.
-Mientras no sea otro viejo amargado; bromeó ella.
-Te aseguro que él disfruta su trabajo y nos da bastante libertad, para hacer
lo que nos dé la gana; respondió él.
-Mientras no empiece con prohibiciones y obligaciones tontas y ridículas, no
me molestará respirar un poco de azufre hirviendo; contestó ella.
-¿Todavía siguen diciéndoles ese cuento arriba?; preguntó él. -Te aseguro
que es muy distinta la realidad.
-¿No hay fuego ni azufre?; quiso saber ella.
-Claro que no; contestó él. -Preferimos vivir entre los humanos, como si lo
fuésemos.
-¿Un edificio de oficinas?; preguntó ella sorprendida cuando fueron a ver al
nuevo jefe.
-¿Acaso esperabas fuego y un lago de lava?; preguntó él.
-La verdad es que esto se ve muy humano; opinó ella.
-Nadie creería que estamos entre ellos; comentó él abriendo una puerta.
-¿Está el jefe?; preguntó él a una exuberante secretaria.
-Los está esperando; contestó ella mirando de pies a cabeza al recién caído
ángel.
-Gracias infierno; le respondió con una sonrisa él.
-¿Infierno?; preguntó el ángel.
-No pretenderás que le diga cielo; contestó él.
-Buenos días jefe; saludó él a un hombre maduro, con algunas canas en las
patillas, que le pareció muy atractivo a ella.
-Los estaba esperando; saludó el señor de los ángeles caídos. -Bienvenida
querida.
-Gracias señor; respondió respetuosamente ella.
-He escuchado muchas cosas buenas de ti; contó el jefe. -O malas tal vez,
ya que el bien y el mal son términos muy relativos, inventados por ya sabes quién
para confundir a los humanos.
-Y no solo a los humanos; agregó ella. -También a los ángeles; recién ahora
me doy cuenta lo hipócrita y déspota que es el viejo amargado.
-Me alegro mucho de que te hayas podido quitar la venda de los ojos;
comentó Lucifer.
-No imagina lo distinto y claro que veo todo ahora; agregó ella.
-Sepa que ella tiene un gran talento para sembrar el terror entre los
humanos; indicó el ángel caído.
-Eso he sabido; apoyó el jefe.
-¿Lo dice por el tornado?; quiso saber ella. -Necesitaba desahogarme y la
verdad es que lo disfruté.
-Fue un gran espectáculo; respondió Lucifer.
-Y gracias a ella pudimos recolectar miles de almas; indicó su amigo.
-Eso fue un acto impulsivo; observó el jefe. -¿Serás igual de buena
actuando en forma sutil e incógnita?
-Hasta ahora, durante toda la eternidad he sido sutil; opinó ella. -¿En qué
está pensando?
-Solo una pequeña travesura en un convento de sus seguidores; sugirió el
soberano. -Ingresa como una monja novicia y corrómpelas, atérralas y hazlas
dudar de su fe.
-Ganarme su confianza y luego traicionarlas, como él me traicionó a mí;
pensó ella con una sonrisa en sus dulces pero ahora venenosos labios.
-Y no te preocupes si quieren hacer un exorcismo; comentó su amigo. -Eso
no funciona en ningún tipo de ángel.
-¿Puedo tomar la vida de esas monjas?; preguntó ella para saber si tenía
algún límite lo que podía hacer.
-Lo dejo a tu criterio; aceptó el jefe. -Solo que si lo haces, trata de que sea
espectacular.
-Muy bien; respondió ella inclinando la cabeza.
-Otra cosa; acotó Lucifer. -No te inclines nunca ante mí, que yo no soy tu
antiguo patrón. Entre nosotros eres libre.
-Gracias señor; respondió ella abriendo sus hermosas y negras alas, de
contenta que estaba.
-Lo siento, es que me siento muy feliz; se excusó ella.
-No te disculpes querida; aceptó Lucifer. -Pero ya ándate a trabajar.
La joven novicia golpeó la puerta añosa del antiguo convento, temprano en
la mañana. Una monja madura pero aún joven le abrió la puerta.
-Buenos días, ¿qué se le ofrece?; preguntó la religiosa.
-Me enviaron del seminario femenino a terminar mi formación como novicia,
hermana; respondió ella.
-Nunca se termina la formación en el camino de nuestro Señor; contestó la
monja.
-Tiene razón hermana; aceptó ella.
-Adelante, la Madre Superiora la espera hermana; dijo la monja dejando
pasar a la joven.
-Gracias hermana, Dios la cuide siempre; contestó la novicia con una
inclinación de cabeza.
-Bienvenida hermana María; saludó la superiora al entrar en su despacho.
-Por orden del arzobispado, aquí realizará su noviciado antes de recibir los votos
definitivos.
-Gracias Madre Superiora; respondió la novicia sin levantar en ningún
momento la mirada, guardando humildad.
-Aunque no quiero que se sienta intimidada, debo advertirle que en este
convento existen reglas muy estrictas y que se deben cumplir al pie de la letra;
indicó la monja.
-El camino del Señor está cubierto de flores y espinas; contestó devota la
novicia.
-Me alegra escucharla decir eso; respondió la superiora.
-La hermana Engracia la llevará hasta su cuarto, para que pueda rezar
tranquila y pedir la iluminación necesaria, para andar la senda que nuestro Señor
abre ante usted, para que pronto se convierta en una más de nosotras; ordenó la
Madre Superiora.
-Amen, madre; respondió la novicia con la mirada baja y sosteniendo con
ambas manos su pequeña maleta.
-Acompáñeme hermana María; pidió la otra monja.
Cuando salieron de la oficina de la superiora, la monja le dio un consejo que
tomaría en cuenta.
-Relájese hermana, no le tenga miedo a la Madre Superiora; le dijo
Engracia. -La cosa no es tan terrible como ella la cuenta; a todas las nuevas les
dice lo mismo, pero ni es tan estricta. Eso sí, nunca la contradiga, porque ahí sí
que se pondría mala la cuestión.
-Gracias hermana Engracia; respondió con una sonrisa la novicia y una
mirada un poco más relajada.
-Llegamos, aquí podrá descansar tranquila; le indicó la monja frente a una
puerta gruesa sin ninguna abertura.
El cuarto era pequeño, con una cama sencilla, un velador, un pequeño
armario y un cuarto de baño solo con lo necesario, como única decoración un
crucifijo colgaba de una pared.
-Humilde y funcional; dijo ella quitándose la molesta cofia que aprisionaba
su cabello al encontrarse sola.
De la maleta sacó una muda de ropa que colgó cuidadosamente en el
armario y algunos objetos de aseo personal; finalmente tomó la Biblia que llevaba
y la puso sobre el velador.
Descalza se tendió en la cama y se puso a mirar el techo; aburrida después
de un rato, tomó la Biblia y la hojeó, para cerrarla luego y tirarla al aire. Como si
fuera una pelota, el libro subía y bajaba, pero sin que ella lo tocase con sus
manos.
Alguien llamó a la puerta después de unos minutos.
-Hermana María, soy la hermana Engracia; dijo la monja al otro lado. -Ya es
hora de almorzar.
-Adelante hermana, pase; contestó ella.
La novicia estaba de rodillas rezando junto a su cama de frente al crucifijo,
perfectamente vestida y con el cabello cubierto; aunque no igual a como se
encontraba hacía escasos segundos.
-Los humanos siempre ven solo lo que quieren ver; pensó para sí ella.
-Estaba rezando hermana Engracia y creo que se me pasó el tiempo sin darme
cuenta.
-A mí me pasa lo mismo; reconoció ella.
-Es que es muy gratificante hablar con nuestro Señor; agregó la novicia.
-La entiendo hermana, la entiendo; coincidió con ella la monja.
Como a todas las novicias recién llegadas, a María le correspondió decir la
oración de bendición de los alimentos, que todas escuchaban con respeto y
atención.
-Padre Nuestro que estás en el Cielo, te ruego bendigas estos humildes
alimentos y bendigas a todas las hermanas de esta comunidad, especialmente
bendice a la Madre Superiora, para que tu gracia y sabiduría la ilumine y guie
como siempre. Amen.
-Gracias hermana María; concluyó la Madre Superiora. -Hermanas, les
recuerdo que la misa mañana comienza a las ocho en punto de la mañana; por
favor sean puntuales; les recordó la superiora.
La advertencia de la Madre Superiora surtió efecto y todas las monjas del
convento estaban reunidas en la capilla antes de la hora señalada, esperando la
llegada del sacerdote. Anciano de pelo cano, pero de caminar ágil, llegó éste en
silencio con una sonrisa en la cara y mirada brillante.
-Me recuerda al viejo amargado; pensó ella. -Igual de cínico.
La misa transcurría lenta, con lecturas de distintos pasajes de la Biblia,
cánticos y sermones por parte del cura, que no parecía tener prisa.
-Es hora de jugar un poco; se dijo ella en voz baja.
Un fuerte movimiento del suelo y las paredes comenzó a sacudir la capilla.
-¡Un terremoto!; gritó una de las monjas.
-Tranquilas hijas, ya va a pasar; dijo el sacerdote afirmado en una mesa.
Por el contrario el sismo se volvió más violento. El cura alcanzó a salir justo
de donde estaba, de lo contrario la gran cruz con el cristo lo habría aplastado,
cuando cayó rompiendo en dos la mesa donde él se apoyaba. El susto inicial
pronto se convirtió en terror. La novicia María perdió el equilibrio, pero las manos
del sacerdote le impidieron caer.
-Gracias padre; le dijo ella, tan apretada a él que un poco más y lo habría
atravesado.
-Por nada hija; respondió el sacerdote separándose inmediatamente de ella,
al notar la impropia posición en que habían quedado abrazados.
-¿A quién quieres engañar viejo cochino?; pensó ella. -Noté que te gustó
abrazarme así.
Lentamente el sismo perdió fuerza y se detuvo.
-¿Se encuentran todos bien?; preguntó la superiora.
-Madre Superiora; llamó el sacerdote. -El terremoto fue muy fuerte; veamos
si podemos ayudar a la comunidad en algo.
-Excelente idea padre; aceptó la directora del convento. -Varias de las
hermanas han sido misioneras y saben de enfermería.
-Hermana Engracia, vaya con la hermana María a buscar algunos
botiquines, puede haber gente herida que necesite atención; ordenó la superiora.
-Enseguida madre; obedeció Engracia.
Varias monjas luciendo un brazalete de la Cruz Roja Vaticana salieron a la
calle junto a la Madre Superiora y el cura. El panorama en la vía pública era
menos desolador de lo que esperaban encontrar; la gente se desplazaba en forma
normal, el tránsito era expedito y no se veía ningún signo de destrucción.
-Parece que no hubo muchos daños; opinó una monja.
-¿Señora se encuentra bien?; preguntó otra religiosa a una mujer con un
bebé en brazos.
-Sí, claro; respondió ella. -¿Ocurre algo?
-¿El terremoto de hace poco no hizo mucho daño?; le preguntó la monja.
-¿Qué terremoto?; preguntó la mujer sorprendida. -No ha habido ningún
terremoto.
-¿Cómo qué no?; preguntó sorprendida otra monja. -Si fue el más fuerte
que he sentido.
-¿Señor sintió el terremoto?; preguntó la primera religiosa a un hombre que
pasaba por ahí.
-No, no sentí nada; respondió el hombre mirando para todos lados,
buscando alguna cámara escondida, en caso de que fuese alguna broma.
-No lo entiendo padre; comentó la superiora al sacerdote.
-Volvamos al convento madre; sugirió el cura. -Esto es muy raro.
-No puede ser que todas lo hayamos imaginado; opinó una monja.
-No fue imaginación; dijo la hermana Engracia. -Esa cruz pesa quinientos
kilos y se cayó.
-Pareciera ser que solo ocurrió en el convento; opinó María. -Debe ser obra
de Satanás.
Ella estaba aguantándose la risa en su interior, al ver la cara de miedo que
todas las monjas pusieron al oír su comentario.
-No adelantemos juicios mejor hermana; sugirió el cura. -Propongo en todo
caso que hagamos otro oficio religioso enseguida, para pedir a nuestro Señor por
este convento y todos en él.
Después de ordenar el revoltijo dejado por el extraño sismo, que solo afectó
al convento y de levantar entre todas y con un supremo esfuerzo la gran cruz, el
cura realizó otra misa.
Los miedos más profundos de las religiosas comenzaron a crecer dentro de
cada una de ellas.
-Madre, me retiro al arzobispado; se despidió el sacerdote. -Debo informar
de esto.
-Muy bien padre, cualquier cosa y le telefonearé; respondió la superiora.
-Hágalo, no importando la hora que sea madre; aceptó el cura.
Cuando la Madre Superiora trató de abrir la puerta para despedir al
sacerdote, se dio cuenta de que ésta no cedía.
-No puedo abrir la puerta; dijo forcejeando con la cerradura.
-Permítame tratar a mí madre; pidió el religioso, sin lograr abrirla.
-No entiendo, ni siquiera tiene puesta la llave; comentó la monja.
-Intentemos por la otra puerta; sugirió el sacerdote.
La puerta secundaria también estaba fuertemente cerrada.
-Las ventanas tampoco se abren padre; observó preocupada la Madre
Superiora. -Estamos encerrados.
-Hermanas; dijo la superiora en el comedor. -Deben saber que, por extraños
motivos, el convento está completamente cerrado.
-¿A qué se refiere madre?; preguntó una monja.
-Las puertas y ventanas no se pueden abrir; respondió ella.
-¿Estamos encerradas?; preguntó otra monja preocupada.
-En vista de que prácticamente este convento es un claustro, no afecta
mayormente la vida de sus religiosas; recordó el cura.
-Como no es posible abrir ninguna ventana; indicó la Madre Superiora. -Les
pido a todas que tengan especial cuidado con su aseo personal.
La vida en el convento continuó lo mejor que se pudo y en dos días ya
todas se habían acostumbrado otra vez a su rutina.
María se cruzó un par de veces con el cura y le regalaba una dulce sonrisa
cada vez que podía.
-¿Cómo va todo hermana Engracia?; preguntó la superiora.
-Aparte de que estamos encerradas, todo marcha bien madre.
Afortunadamente esto no afecta mayormente nuestra vida; comentó ella.
-Aun así, el saber que las puertas no se pueden abrir, pone nervioso a
cualquiera; opinó la superiora.
-Por eso he agregado a la rutina tareas de aseo general, para no pensar en
ello; indicó la hermana Engracia.
-Es una buena idea hermana; aceptó la superiora. -Pero quería compartir
otra cosa con usted.
-Usted dirá madre; respondió Engracia.
-No funciona el teléfono fijo; dijo en voz baja la superiora. -Ni siquiera los
teléfonos celulares tienen señal.
-Por lo tanto, estamos aisladas del mundo exterior; dedujo Engracia.
-Así es hermana, coincidió la superiora. -Por favor que nadie más se entere
de esto o cundirá el miedo.
-Nadie lo sabrá madre; contestó obedientemente Engracia.
El cura volvía meditando del despacho de la Madre Superiora, cuando al
abrir la puerta de su habitación, se encontró a María, la nueva novicia dentro.
-¿Hija, qué haces aquí, cómo entraste?; preguntó sorprendido él.
-La puerta estaba abierta y pasé porque deseaba hablar con usted;
respondió la novicia.
-Tú dirás, ¿en qué te puedo ayudar?; preguntó amablemente el sacerdote.
-No sé cómo decírselo; contestó nerviosa ella.
-Tal vez en forma directa sea bueno; dijo él tomándole tiernamente una
mano.
-Lo que pasa padre, es que he tenido pensamientos impuros con usted;
confesó ella.
-¿Te das cuenta de que eso no está bien?; preguntó el cura.
-Lo sé padre, pero por más que rezo no logro sacarlos de mi cabeza;
reconoció ella. -Sé que mi alma se condenará por eso; gimió la joven novicia.
-Vamos, no es para tanto; dijo el cura abrazándola. -Eres joven y estás
confundida. Te aseguro que Dios ve el corazón puro y bondadoso que posees y
entiende tu duda.
-Gracias padre; dijo ella apoyando su cabeza sobre el pecho del sacerdote.
-¿Quiere que le muestre mi pequeño secreto padre?; preguntó la joven novicia
como si fuese una niña hablando con su abuelo.
-Claro hija, ¿de qué se trata?; quiso saber el cura con curiosidad.
-De esto padre; dijo ella extendiendo sus negras alas frente a la mirada
incrédula del cura, cuyo viejo corazón amenazaba con detenerse ante la sorpresa
y el espanto.
-Ahora tu alma me pertenece y la haré arder en el infierno; dijo el ángel
tomándole con fuerza la cabeza y girándosela de un solo movimiento, tan violento,
que le quedó vuelta hacia atrás.
-Padre, la Madre Superiora desea verlo en su oficina; dijo Engracia
golpeando la puerta. -¿Padre está ahí?; insistió. Al no obtener respuesta se apoyó
en la puerta y ésta se abrió bajo su peso.
Los ojos de la religiosa casi se salieron de sus órbitas, al ver el cuerpo del
sacerdote con el cuello grotescamente torcido; cuando se recuperó de la
impresión, cerró con llave la puerta y corrió al despacho de la superiora.
-Madre, madre; dijo apenas a la directora.
-¿Qué pasa hermana?; preguntó la superiora. -Parece haber visto un
cadáver.
-Es el padre; respondió ella. -Está muerto.
-¿Qué opina hermana Amparo?; preguntó la Madre Superiora.
-Aparentemente el padre sufrió un ataque al corazón y al caer se golpeó el
cuello contra el velador y se lo fracturó; respondió la monja que acababa de
obtener el título de médico cirujano.
-Pero eso no es posible; opinó Engracia.
-La hermana Amparo es médico y supongo que sabe de qué está hablando;
la apoyó la superiora.
-Fíjense en la mirada de terror que tiene; observó Engracia. -Algo lo asustó
mucho.
-¿Qué es eso?; preguntó la superiora, indicando unas delgadas líneas
cerca de una oreja del cura.
-Parecen ser rasguños; observó Amparo.
-Eso significa que alguien mató al padre; supuso Engracia.
-A menos que se los haya hecho al golpearse; opinó la Madre Superiora.
-¿Quién lo encontró?; preguntó la hermana Amparo.
-Yo, pero informé inmediatamente a la Madre Superiora; contestó Engracia.
-Es importante mantener esto en secreto; ordenó la directora.
-Teniendo en cuenta que no podemos ventilar el convento, pronto todas lo
sabrán; observó Amparo. -Mientras tanto puedo poner el cadáver en una bolsa
plástica y llenarla con hielo, pero eso durará pocos días.
-Hágalo hermana; ordenó la superiora.
-Esto es demasiado extraño madre; opinó asustada Engracia.
-Lo sé hermana, lo sé; coincidió la superiora.
-Hermana Rosa, necesito que me ayude, pero debo pedirle absoluta
discreción; ordenó la hermana Amparo.
-Usted dirá, hermana; respondió la joven monja.
-Junte todo el hielo que pueda y tráigalo a la enfermería cuando todas
duerman; pidió Amparo.
-Tenemos que hacer algo muy delicado; contó la doctora sin más detalles.
-La Madre Superiora está al tanto.
Cerca de las once de la noche, la hermana Rosa llegó a la enfermería
empujando un carrito con varios baldes llenos de hielo.
-Aquí está el hielo; dijo Rosa entrando a la enfermería.
-Acompáñeme a la habitación del padre; pidió Amparo.
-¿El padre está enfermo?; preguntó la joven preocupada.
-Ya se enterará hermana; contestó la doctora.
Antes de entrar a la habitación del sacerdote, la hermana Amparo se puso
un par de guantes de goma y una mascarilla.
-Cúbrase usted también; ordenó a la otra monja.
-¿Qué le pasa al padre?; preguntó Rosa al verlo completamente cubierto.
-Ha fallecido esta mañana de un ataque al corazón; explicó Amparo.
Un mareo afectó a Rosa, quién por un momento perdió el equilibrio.
-Por favor, no se le ocurra desmayarse ahora; pidió Amparo. -Debemos
ponerlo dentro de una bolsa para cadáveres y no me lo puedo sola.
-Está bien, yo le ayudo; aceptó la hermana Rosa tragando saliva. -Pero no
me pida que no tirite.
-La entiendo; concordó Amparo. -Me pasó lo mismo la primera vez que
toqué un cadáver.
Después de un rato el sacerdote estaba totalmente envuelto y lleno de
hielo, para retardar su descomposición.
...
Poco después la hermana Amparo golpeó la puerta de la hermana Rosa.
-Pensé que estaría despierta; comentó en voz baja Amparo.
-Sí, no puedo dormir, así es que estoy rezando; contestó Rosa.
-¿La puedo acompañar en sus oraciones hermana?; pidió Amparo, también
inquieta por los últimos acontecimientos.
-Pase, me hará bien su compañía; aceptó Rosa.
Las dos monjas se arrodillaron junto a la cama, de frente a la cruz, sin notar
que sus muslos habían quedado rozándose. En un movimiento por tomar la Biblia,
ambas tocaron sus manos y se miraron nerviosas, separándolas enseguida.
-Miren que cosas; opinó María, que se encontraba dentro de la habitación,
invisible para las religiosas. -Y yo ni siquiera he hecho nada..., pero estas dos
necesitan un empujoncito.
Mientras rezaban, la hermana Amparo tomó la mano de la hermana Rosa,
quién cruzando sus dedos con los de ella, continuó rezando con una sonrisa de
felicidad.
Sin que lo percibieran, el ángel tomó sus cabezas y las giró suavemente
para que se miraran mutuamente. Ella cogió la mano libre de Rosa y la puso en un
brazo de Amparo, mientras ponía la mano de la doctora en el muslo de Rosa.
-Ámense; sugirió sutilmente ella en la mente de ambas monjas, que se
besaron delicadamente por largo rato.
-Con más pasión; dijo mientras caminaba hacia una pared y la atravesaba
como si fuese de aire.
Metiendo su cabeza a través de la muralla, ella vio como Amparo y Rosa se
besaban y acariciaban en forma descontrolada.
Saltando y riendo de gusto, el ángel recorrió invisible el pasillo hasta su
habitación.
Fuertes golpes en el techo hicieron saltar de golpe a Rosa y Amparo,
quienes despertaron sobresaltadas.
-Hermana Rosa, yo...; trató de explicarse Amparo.
-Lo sé hermana, a mí me pasa lo mismo; dijo Rosa besando en la frente a
la otra monja.
-Vistámonos rápido; sugirió Amparo. -No quiero imaginar si descubren lo
nuestro.
-Si somos discretas no lo harán; opinó Rosa, que ya se había puesto la
mitad de su ropa.
-¿Qué son esos golpes?; preguntó la hermana Engracia.
-Es como si alguien estuviese saltando en el techo; opinó María.
-Pero está a quince metros de altura; indicó una monja.
-Está haciendo mucho frio; observó otra monja tiritando y viendo el vapor
que salía de su boca al hablar.
-¿Qué está pasando madre?; preguntó una monja.
-No se asusten y vayamos a la capilla a rezar; sugirió la hermana Engracia.
Cuando ingresaron a la capilla del convento todas quedaron espantadas
ante lo que sus incrédulos ojos veían.
-Miren las imágenes de Nuestro Señor; observó una monja. -Está..., está...,
está cabeza abajo; dijo tartamudeando de miedo.
-Esto es obra de Satanás; opinó otra monja.
-Recemos hermanas; pidió la Madre Superiora.
El aire se heló de golpe y los bancos comenzaron a saltar por sí solos,
mientras las pinturas de santos y otros motivos de culto tomaban aspectos
realmente espantosos.
-No aguanto más; dijo el ángel atravesando una pared y dejando una
asustada imagen de la novicia María en la capilla.
Sentada en el suelo e invisible a todas, ella no podía parar de reír por su
jugarreta.
-Este trabajo es mucho más divertido que el otro; se dijo maliciosamente.
De regreso en la capilla se paseó entre las monjas, buscando una que le
interesase.
-Tú; dijo deteniéndose junto a la más joven de todas.
Enseguida la religiosa cayó al suelo y comenzó a convulsionarse
violentamente y a reír a carcajadas.
-Está poseída; dijo una de las monjas.
-Debe ser algún tipo de ataque; opinó la hermana Engracia.
-Dejen que la revise yo; pidió la hermana Amparo. -Sujétenle los brazos y
piernas.
-No está poseída; indicó la doctora. -Está sufriendo un ataque de epilepsia.
Con recelo cuatro monjas sujetaron las extremidades de la convulsionada
hermana.
-¡No me toques perra!; gritó mientras le daba un fuerte empujón a la
hermana Amparo.
La hermana Rosa corrió a ayudar a la doctora, pero conteniéndose lo mejor
posible.
-¿Está bien hermana?; preguntó preocupada.
-Si hermana, no se preocupe; respondió la caída monja. -Solo fue un
empujón y me pilló mal parada.
-Voy a buscar un calmante a la enfermería; avisó Amparo.
-La acompaño hermana; sugirió Rosa.
-No es necesario hermana, voy sola; rechazó la doctora. -Ayude a las otras
hermanas.
Cuando Amparo salió de la enfermería con un maletín de médico, escuchó
que varias cosas se rompían solas.
-Ya volví; dijo ella de regreso en la capilla. -Ahora sujétenla con fuerza, no
quisiera que se rompiera la aguja.
Cortando el hábito de la monja con una tijera, la hermana Amparo logró
descubrir un hombro y clavar con un poco de dificultad la aguja a la monja que
estaba sufriendo el ataque, debido a lo apretados que tenía los músculos. A los
pocos minutos la religiosa se encontraba totalmente inmóvil, con los ojos cerrados
y respirando relajadamente.
-Llevémosla a la enfermería; ordenó Amparo.
Cuando llegaron a la puerta, esperaba que no estuvieran rotos todos los
medicamentos que había y que seguramente necesitarían, teniendo en cuenta el
encierro en que se encontraban. Para su sorpresa, la enfermería se hallaba tan
impecable, como si la acabase de ordenar.
-Vuelvan a dormir; ordenó la Madre Superiora, aunque sabía que ninguna
de las religiosas lograría conciliar el sueño luego de lo ocurrido.
...
Preocupada y confundida, la Madre Superiora se llevó otra sorpresa esa
noche.
-¿Hermana María, qué hace aquí y cómo pudo llegar y entrar antes de mí,
si usted se quedó en la capilla tratando de ordenarla?; preguntó sorprendida la
directora.
-Por favor déjeme hablar a mí madre; pidió la novicia. -Tenemos cosas muy
graves que tratar.
-Bueno, está bien; aceptó la superiora.
-El mal está dentro de este convento; indicó María.
-En realidad el mal está siempre presente rodeándonos y tentándonos;
meditó la superiora. -Por eso es que siempre rezamos a Nuestro Señor.
-Creo que no me entiende bien; insistió María. -Una presencia demoniaca
se ha apoderado de este convento.
-Sé que han pasado cosas muy extrañas; opinó la superiora. -Pero de ahí a
suponer que Satanás está detrás de todo esto, no se puede asegurar. Si lo dice
por lo de la hermana Úrsula, la hermana Amparo aseguró que fue un ataque de
epilepsia y ella es doctora en medicina, así es que no creo que se equivoque.
-Creo que le tendré que enseñar algo; dijo María. -Pero le voy a pedir antes
que me jure que va a mantener el secreto.
-¿Pero qué es tan serio que necesita que le jure mantener su secreto?;
preguntó la superiora.
La monja retrocedió sorprendida ante el resplandor que iluminó a María,
quedando con la espalda apoyada en la pared, lo que le impidió caer al suelo.
Parada frente a ella estaba María, o la que ella pensó era María.
Totalmente vestida de oro, brillando como el sol y con dos grandes alas blancas
en su espalda.
-Soy un ángel del Señor, enviado por El Hijo del Hombre para advertirles de
la presencia del maligno; dijo el ángel. -Es necesario que sepa que él se oculta
entre sus hermanas, como una más de ellas.
-¿Aquí en el convento?; preguntó la superiora.
-La beatitud es como la miel para el maligno; agregó el ángel.
-¿Me puede indicar de quién se trata?; quiso saber la superiora.
-Yo solo soy un mensajero y no estoy autorizado para actuar; le hizo saber
el ángel. -Pero puedo decirle en quién se oculta el engañador; pero debe tener en
cuenta que solo las oraciones podrán derrotarlo. Además, la hermana Úrsula ha
sido poseída por otro demonio, subordinado a él y solo un exorcismo la podrá
salvar.
-Entiendo; contestó atemorizada la Madre Superiora. -¿Quién es?
-La hermana Engracia se ha convertido, sin sospecharlo, en la morada de
uno de los demonios más poderosos del averno; dijo finalmente el ángel.
-¡No lo puedo creer!; exclamó la religiosa. -A la hermana Engracia la
conozco hace años.
-La persona que usted conoció está prisionera del demonio que ocupa su
cuerpo, pero su fe es grande y lucha por expulsarlo, pero él es muy fuerte.
-Con razón la había visto un poco extraña últimamente; comentó la
superiora al ángel.
-Con la ayuda de Nuestro Señor Jesucristo la luz de Dios se impondrá
sobre las tinieblas del mal; continuó el ángel.
-Gracias ángel santo; dijo finalmente la monja, arrodillándose ante el
mensajero.
-No te inclines ante mí, que solo soy un humilde servidor de Nuestro Dios;
le pidió poniéndola tiernamente de pie.
-Madre Superiora, soy la hermana Amparo; golpeó la doctora para hablar
con la directora del convento.
El ángel que ya había recobrado la apariencia de la novicia María, le indicó
que abriese la puerta.
-Madre Superiora, la capilla está ordenada; informó María.
-Gracias hermana, puede retirarse a descansar; autorizó la superiora.
-Gracias madre, con su permiso; respondió María con la mirada baja, como
de costumbre. -Hermana Amparo, con su permiso.
-Adelante hermana, que descanse; se despidió Amparo.
-Madre Superiora, la hermana Úrsula descansa con el calmante que le
administré; informó la doctora. -Por su propia seguridad la sujeté con correas a la
camilla, hasta averiguar al menos que le ocurre realmente, porque no fue un
ataque de epilepsia lo que le pasó.
-¿Está segura?; preguntó la superiora.
-Cuando una persona sufre de un ataque epiléptico no puede hablar;
explicó la hermana Amparo. Pero antes de golpearme la hermana Úrsula me
habló. -¿Madre me escucha?; preguntó la doctora a la superiora, que parecía
estar con la mente en otro lugar
-Siéntese hermana Amparo; pidió la Madre Superiora. -Es necesario de que
hablemos de algo extremadamente serio y grave.
-Lo que me cuenta es increíble y terrible madre; opinó Amparo
persignándose.
-Me lo dijo un ángel del cielo enviado por Nuestro Señor Dios; afirmó la
Madre Superiora.
-¿Y qué vamos a hacer madre?; preguntó la hermana Amparo.
-Rezar, rezar como nunca lo hemos hecho, solo así nos podremos salvar de
dos demonios; indicó la superiora.
-¿Dos?; preguntó sorprendida Amparo.
-Sí, la hermana Engracia también está poseída, pero no se da cuenta;
agregó la superiora. -El ángel me confió que solo un exorcismo podría salvar a la
hermana Úrsula y las oraciones y el auxilio de Dios serán necesarios para salvar a
la hermana Engracia, cuya alma lucha por liberarse.
-Comprendo madre, esto es realmente grave; concluyó la hermana Amparo.
-Cuente con mi discreción, pero pronto deberemos hacer algo.
-Gracias hermana, no habría esperado menos de usted; observó la
superiora tomando con fuerza ambas manos de la monja.
Aunque grande era la fe de la hermana Amparo, su formación de médico
impedía que su juicio se cerrase. Tras las palabras de la Madre Superiora vio una
clara señal de un cuadro de paranoia, posiblemente causada por los últimos y
extraños acontecimientos. Sin darse cuenta llegó junto a la habitación de la
hermana Rosa, en lugar de la suya.
-¿Hermana Rosa, puedo pasar?; preguntó tras golpear la puerta.
-Pase hermana Amparo, me disponía a decir mis oraciones; la autorizó
Rosa.
Una vez cerrada la puerta, Amparo se quitó la cofia de su cabeza y se sentó
en el borde de la cama, apoyando la cabeza entre las manos.
-¿Qué tienes?; preguntó la hermana Rosa en voz baja.
-Estoy cansada; respondió la hermana Amparo. -Y tengo miedo.
Rosa se sentó junto a ella y la abrazó.
-Auuch; se quejó Amparo cuando Rosa le tocó bajo las costillas.
-La hermana Úrsula te pegó fuerte; opinó Rosa. -Deberías ver un doctor.
-Ya vi uno y me dije a mi misma que no tengo nada; respondió Amparo. -Es
solo que me dejó muy machucada y me va a doler por dos o tres días más.
-Pobrecita, si le hace bien venir a rezar conmigo, es bienvenida hermana
Amparo; ofreció Rosa pícaramente.
-Gracias hermana Rosa, será un placer; aceptó ella quitándole la cofia y
soltándole el cabello a Rosa.
Horas después Amparo se dirigió sigilosamente a su habitación.
...
-¿Hermana Engracia puedo hablar con usted?; preguntó María a través de
la puerta.
-Claro hermana, pase; aceptó la monja. -¿De qué se trata?
-Es sobre las cosas que están ocurriendo en el convento; explicó María.
-Es algo que nos preocupa a todas; opinó Engracia. -Pero debemos tener fe
en estos momentos.
-Así es hermana; coincidió María. -Pero es un poco más complicado; se
trata de la hermana Úrsula.
-Es un caso de epilepsia, según la hermana Amparo; indicó Engracia.
-La verdad es que es algo peor; opinó María.
-¿A qué se refiere hermana?; quiso saber Engracia.
-La hermana Úrsula está poseída por un demonio; explicó María.
-A veces la mente hace parecer que el demonio nos ataca; aclaró la
hermana Engracia.
-Hermana, le enseñaré algo, pero júreme que será discreta con lo que vea;
indicó la novicia.
-Está bien, se lo juro hermana; contestó la religiosa para dejar tranquila a la
muchacha, que se veía muy inquieta.
Si no hubiese sido una mujer fuerte, seguramente Engracia se habría
desmayado ante lo que ocurrió frente a sus ojos.
-¡Dios mío!; exclamó la monja.
-Nada de eso; aclaró el ángel. -Solo soy un humilde ángel enviado por El
Hijo del Hombre, para advertirles de que los demonios del maligno moran en este
convento.
-La hermana Úrsula ha sido poseída por un demonio y la única forma de
salvarla es rezando con mucha fuerza y fervor; explicó el ángel. -Sin embargo, hay
un demonio más poderoso aun.
-¿Otro más?; preguntó Engracia persignándose.
-Él se ha apoderado de otra religiosa, pero controla su cuerpo como si fuera
ella, estando así oculto a todas; agregó el ángel. -Se trata de la Madre Superiora;
ella está atrapada dentro de su propio cuerpo, pero es incapaz de controlarlo y a
pesar de todo, con su gran fe sigue luchando y trata de expulsar al maligno; pero
va a requerir de un exorcismo para lograrlo.
-Esto es terrible; opinó la hermana Engracia. -Hace tiempo que la Madre
Superiora no era la misma de siempre, pero yo pensé que era por exceso de
trabajo.
-El mal se oculta donde menos lo esperamos; indicó el ángel.
-Si tan solo pudiésemos comunicarnos con el arzobispado; pensó la monja.
-Pero no se puede; agregó el mensajero. -Deberán resolverlo ustedes
solas. Sobre todo usted, que es la más indicada.
...
La condición de la hermana Úrsula empeoraba a cada momento, mostrando
signos de creciente debilidad, que se reflejaba en su aspecto físico; antes juvenil y
radiante, ahora se veía marchita y anímicamente inestable, con episodios de
locura, que se alternaba con momentos cada vez más escasos de lucidez.
-¿Puedo pasar?; preguntó la hermana Engracia.
-Adelante; autorizó la hermana Amparo que revisaba la ficha clínica de su
paciente.
-¿Cómo se encuentra la hermana Úrsula?; preguntó Engracia.
-Ahora duerme; respondió la monja doctora. -Pero empeora a cada minuto.
¿Qué cree que sea?; preguntó la monja.
-Todo indica que se trata de un grave caso de esquizofrenia; opinó la
doctora.
-A menos que sea una posesión demoniaca; sugirió Engracia.
-Espero que no sea así hermana; deseó Amparo. -Porque de serlo, yo no
sabría cómo ayudarla.
-¿Cómo se encuentra nuestra paciente hoy?; preguntó la Madre Superiora
ingresando a la enfermería sin golpear la puerta antes.
La tensión que se formó en la enfermería se habría podido cortar con un
cuchillo. Las miradas de odio entre la hermana Engracia y la Madre Superiora
difícilmente podían ser disimuladas.
-Ahora está dormida; contestó la doctora. -Como profesional, sugiero que
sea trasladada a una institución siquiátrica.
-¿Y cuál es su opinión como religiosa hermana Amparo?; preguntó la
directora.
-Rezar con gran devoción madre; respondió ésta.
-Si es que eso funciona en un caso de posesión demoniaca; opinó la
superiora.
Esa era la segunda vez que la hermana Amparo oía algo similar y ya
comenzaba a inquietarse. De pronto la hermana Úrsula comenzó a gruñir y a
quejarse, abriendo sus ojos cruzados de líneas rojas; sus resecos labios
sangraban al intentar hablar.
-¿Qué ordenas que haga Mi Señor?; preguntó la hermana Úrsula con una
voz cavernosa y áspera que no era la suya, mirando a la Madre Superiora. -¿Cuál
es tu voluntad Mi Amo?; preguntó mirando a la hermana Engracia.
-Esa no es su voz; observó la Madre Superiora.
-¿Quiere examinarme hermana Amparo?; preguntó en forma libidinosa a la
doctora. -A usted le gusta jugar al doctor con las monjas. ¿O prefiere revisar a
alguien más?
-¿Qué cosas dices demonio?; preguntó la hermana Engracia.
-Es una crisis nerviosa; dijo Amparo, tratando de desviar la atención de su
persona.
-Tú me trajiste lesbiana; gritó la enferma. -Tú y tu amiguita; por tu culpa
todas morirán.
Los ojos de la Madre Superiora estaban llenos de lágrimas.
-Perdiste a tu rebaño monja, gritó Úrsula a la superiora. -Deja de luchar y
entrégate a Mi Amo.
-Tú le perteneces a Mi Señor monja, no sigas luchando; gritó Úrsula
mirando a la hermana Engracia.
El aire de la enfermería se volvió nauseabundo e irrespirable y la
temperatura bajó de golpe, haciendo tiritar de frío a la doctora.
-Esto no puede ser histeria; dijo la hermana Amparo tomando una jeringa y
temblando de miedo.
-¿Quieres dormirme para poder tocarme tranquila, monja sucia?; le gritó a
la doctora cuando se acercó con el tranquilizante.
-No sé qué está diciendo hermana Úrsula; respondió la doctora.
-No hable con el demonio hermana; ordenó la Madre Superiora. -Es un
truco para hacernos dudar.
La camilla donde reposaba la hermana Úrsula comenzó a saltar en forma
violenta, con ella encima.
-¡Ya basta, ya basta!; gritó la hermana Amparo, saliendo de prisa de la
enfermería.
Agotada, confundida y asustada, Amparo se arrodilló llorando sobre la fría
baldosa del pasillo y comenzó a rezar en medio de sollozos y suspiros. Como
médico no sabía cómo tratar un caso así y como religiosa, no estaba entrenada
para lidiar con demonios. Por primera vez en su vida, Amparo se sintió vulnerable
e inútil.
El ángel la observaba sin ser visto y hasta podría haber sentido compasión
por ella, si es que no hubiese perdido esa capacidad, el día en que fue
abandonada y traicionada.
-Vamos hermana Amparo, acompáñeme a su habitación; pidió la hermana
Engracia. -Necesita descansar.
-Pero no quiero; rechazó ella. -Debo cuidar a la hermana Úrsula.
-Lo hará la hermana Sara; dijo Engracia cuando vio acercarse a la
enfermera.
-Por favor hermana Sara, vigile a la hermana Úrsula; aceptó a
regañadientes Amparo.
Después de que la enfermera entró a la enfermería, la Madre Superiora
salió en silencio.
-¿Hermana Amparo, hace cuánto que no duerme?; preguntó la superiora.
-Creo que dos días madre; respondió Amparo, tratando de recordar.
-Vaya a dormir hermana; ordenó la superiora.
-Pero no puedo aun; reclamó la doctora.
-Es una orden hermana; insistió la Madre Superiora. -Si está débil no puede
luchar contra el demonio.
-Yo la acompañaré a su habitación y veré que se duerma madre; dijo la
hermana Engracia.
-Está bien; aceptó algo dubitativa la superiora.
La enfermería olía muy mal, así es que luego de buscar un poco, la
hermana Sara echó una abundante cantidad de desodorante ambiental y se sentó
en una silla frente a la paciente.
La enfermera comenzaba a cabecear cuando el golpe en la puerta, de
alguien que llamaba, la hizo despertar de un salto.
-Adelante; respondió Sara.
-Permiso hermana Sara, venía a ver cómo sigue la hermana Úrsula;
preguntó la novicia.
-Ahora descansa; respondió la enfermera. -Roguemos al Señor porque
pronto se reponga.
-Amén hermana; respondió María. -¿Puedo hacerle una pregunta personal?
-Sí, claro; aceptó Sara.
-¿Cómo una mujer tan hermosa como usted, eligió la vida religiosa en lugar
de las pasarelas y pantallas de cine?; preguntó la hermana María.
-Supongo que el brillo de Nuestro Señor me deslumbró más que el de las
cámaras fotográficas; contestó sinceramente la hermana Sara.
-El mundo la ha perdido y la Iglesia la ha ganado; comentó María.
-Se podría decir que sí; opinó Sara.
-Porque usted realmente es muy bonita; dijo María acariciando el rostro y
cuello de la religiosa.
-¿Qué hace hermana?; preguntó sorprendida y alarmada la monja,
retrocediendo un poco.
Sin decir nada María le tomó la cabeza y besó con fuerza la boca de la
hermana Sara. Con pánico la monja se llevó las manos a la garganta y abrió
grande la boca para tratar de tragar algo de aire. Sus labios se volvieron morados
y su piel pálida con un extraño tinte azuloso; con los ojos muy abiertos y la piel del
rostro cruzada por oscuras e hinchadas venas, la religiosa cayó prontamente sin
vida, víctima de los ponzoñosos labios del ángel caído.
María desapareció de la enfermería y se materializó en su habitación, para
pensar qué otra maldad podría hacer, en su sicótico y despiadado juego macabro.
...
Lentamente la hermana Amparo abrió sus ojos, sintiéndose un poco más
descansada.
-Vaya, dormí cuatro horas; comentó una vez que pudo ver el reloj, después
de que se le aclaró la vista. -La hermana Sara debe estar cansada, voy a
reemplazarla.
Camino a la enfermería Amparo se encontró con la hermana Engracia.
-¿Descansó hermana?; preguntó la monja a la doctora.
-Sí, y ahora voy a la enfermería; indicó Amparo.
-Yo vengo de allá; agregó Engracia. -La hermana Úrsula aun duerme y creo
que la hermana Sara también.
-Espero que se sienta mejor hermana; dijo la Madre Superiora, que
caminaba tranquila por el pasillo.
-Mucho mejor madre, gracias; respondió Amparo. -Ahora me dirigía a la
enfermería.
-Vamos; sugirió la superiora. -Me gustaría saber cómo sigue nuestra
paciente.
-La hermana Sara la está cuidando; indicó Amparo.
-Lo sé, ya la ví; respondió la superiora. -Ella es muy capaz y una buena
sierva de Dios.
Cuando entraron a la enfermería, las tres monjas encontraron tirado en el
suelo el cadáver de la enfermera.
-¡Hermana Sara!; exclamó Amparo, corriendo hacia ella y girándola para
examinarla.
-Está muerta; informó después de un rato la doctora.
-Miren su rostro; indicó la hermana Engracia.
-Aparentemente murió asfixiada; opinó Amparo. -Y por la expresión de su
rostro fue algo muy rápido pero terrible.
-¿Pero cómo es eso posible?; quiso saber la Madre Superiora.
-Sin una autopsia es difícil de saber; opinó la hermana Amparo. -Pero
pareciera haber sido envenenada.
-¿Quién fue la última persona que la vio con vida?; preguntó la superiora.
-Hasta donde sabemos usted madre; dijo la hermana Engracia. -Usted salió
de la enfermería poco después de que ella entró
-¿Está insinuando que yo maté a nuestra hermana?; se defendió la
superiora. -Alguien más pudo entrar después de que nos retiramos.
-Usted acababa de estar en la enfermería hermana Engracia, cuando yo
venía para acá, después de que me mandaron a dormir; recordó la hermana
Amparo.
-¡Tú la mataste maldito demonio!; gritó la Madre Superiora, apretando con
ambas manos el cuello de la hermana Engracia.
-Aquí el único demonio es usted; respondió ella dándole un puñetazo en la
cara a la directora.
-Sal de la hermana Engracia; dijo la superiora encima de la monja,
abofeteándola fuertemente.
-Maldito demonio, termina con tus mentiras; ordenó Engracia, golpeando
con fuerza con sus puños a la superiora, luego de forcejear con ella y lograr
ponerse encima.
La hermana Úrsula reía a carcajadas ante la escena.
-Mátense, mátense y me quedaré con sus almas; gritaba, reía y se
convulsionaba.
La hermana Amparo vio con espanto como el monitor cardiaco mostraba un
aumento peligroso, en la frecuencia cardiaca y en la presión sanguínea.
Olvidándose de las dos mojas que intentaban asesinarse mutuamente, la doctora
trataba de mantener quieta a la hermana Úrsula. De un golpe su cuerpo se elevó y
su espalda se curvo, cayendo nuevamente en la camilla con los ojos abiertos.
Un fatídico silbido y una línea en el monitor hicieron sudar a Amparo, quien
frenéticamente golpeo el pecho de la muchacha, una y otra vez, tratando de
reanimar su corazón y devolverle la vida.
Como si fuese una escena en cámara lenta, Amparo veía como la Madre
Superiora y la hermana Engracia se golpeaban sin tregua.
Sentada en el escritorio y fuera de la vista de las monjas, el ángel disfrutaba
su obra.
En medio del forcejeo la hermana Engracia tomó una gran tijera y la clavó
hasta la empuñadura en la espalda de la Madre Superiora.
-He matado al demonio; dijo triunfante Engracia, poniéndose de pie con la
cara sangrando por varios lados y el pelo suelto y revuelto.
Como pudo y con la última gota de vida que le quedaba, la Madre Superiora
logró arrastrarse hasta el escritorio y tomar un bisturí, que convenientemente se
encontraba encima.
La sangre comenzó a brotar por la boca de la hermana Engracia, cuando la
hoja de acero cercenó de lado a lado su garganta.
El espanto y desesperación en la hermana Amparo hacían que todo girara
en torno suyo y lo único que deseó en ese momento fue ir donde la hermana
Rosa.
Todas las monjas peleaban y se mataban entre sí, pero eso no le interesó a
Amparo; ni siquiera se inmutó cuando una monja le aplastó la cabeza a otra con
un candelabro, o cuando otra se cortó a sí misma el cuello con un gran cuchillo.
El ángel caminaba en el convento, sembrando la locura y la muerte entre
las religiosas. Con la capacidad de ir a donde su voluntad lo mandase, se hizo
presente a la espalda de la hermana Rosa.
-Hermana María, no la oí entrar; dijo Rosa. -¿Qué ocurre que se oyen
tantos gritos?
-Se ha desatado el infierno en el convento; contó María.
-Hay que hacer algo; dijo la monja. -Debemos avisar a la Madre Superiora.
-Ella ya lo sabe; dijo tranquila María. -Por cierto, supongo que le interesará
saber que su amiga la hermana Amparo ha fallecido, mintió el ángel para hacer
sufrir a la monja.
-Eso no es posible; sollozó Rosa.
-Pero no se preocupe, que pronto se reunirá con ella; continuó María.
Sin que Rosa se diera cuenta, las sábanas de su cama comenzaron a
retorcerse, hasta convertirse literalmente en una cuerda que, sin aviso previo, se
enrolló en el cuello de la monja, elevándola del piso y amarrándose en una viga.
Desesperada la religiosa trataba con las manos de soltar el lazo, que se
cerraba más y más en torno a su cuello. Frente a ella María abrió sus brillantes y
negras alas, para mostrarle quién o qué era realmente. Finalmente sus manos se
soltaron y sus brazos cayeron; su cuerpo hizo un último y violento movimiento,
para quedar balanceándose como un péndulo que poco a poco quedó inmóvil.
De un empujón la hermana Amparo abrió la puerta de la habitación de la
hermana Rosa, encontrando su cuerpo sin vida colgando de la viga.
-No tú; gimió Amparo.
Con gruesas lágrimas cayendo por sus mejillas, Amparo logró bajar el
cuerpo de su amiga y sentándose en el suelo, apoyó con cuidado su cabeza en
sus muslos, quitándole la cofia y acomodando con delicadeza y dulzura su cabello.
Largo rato se quedó la hermana Amparo balanceando su cuerpo, como si
estuviera haciendo dormir a la hermana Rosa.
-Esto es demasiado para mí; dijo el ángel. -Voy a vomitar con tanta ternura.
Las puertas y ventanas se abrieron a medida que María avanzaba por el
pasillo hacia la salida, esquivando los cadáveres de las mojas repartidos por todos
lados.
El sol brillaba y una suave brisa refrescaba el aire. El ángel extendió sus
negras alas como el carbón, dejando que el viento agitase sus plumas.
Un leve movimiento y el ángel se elevó rápido en el cielo, cruzando a toda
velocidad el espacio, para desaparecer dentro de una nube.
...
Nadie contestaba el teléfono en el convento, así es que desde el
arzobispado mandaron a un sacerdote a ver si todo estaba en orden. Difícil es
describir la impresión que se llevó el éste cuando ese penetrante y nauseabundo
olor golpeó sus narices. Tapándose con un pañuelo la boca y nariz, recorrió el
convento entre los cadáveres de las religiosas. Cuando había perdido la
esperanza de encontrar a alguien con vida, al religioso le pareció escuchar que
alguien canturreaba.
En una habitación, sentada en el suelo, una religiosa vistiendo el hábito
blanco de la Cruz Roja Vaticana, apoyaba sobre sus piernas la cabeza de una
joven monja, que sostenía como si durmiera, mientras canturreaba algo de una
canción; la canción que le gustaba a la hermana Rosa.
-Shhh, está durmiendo; dijo en voz baja la hermana Amparo al sacerdote.
-No la despierte.
-Dejemos que descanse hermana; le dijo el cura, poniendo cuidadosamente
una almohada, bajo la cabeza del cadáver de la hermana Rosa, mientras ayudaba
a Amparo a ponerse de pie.
-Le voy a quitar su crucifijo, para que no se lastime mientras duerme;
explicó Amparo quitándole la cadena de su cuello. -¿Sabía usted que soy médico?
La hermana Amparo se pasea de vez en cuando por los jardines de la clínica
siquiátrica, con un crucifijo enrollado en una de sus manos y tarareando un pedazo
de una canción; mientras los policías intentan que les dé alguna pista de lo que
ocurrió en el convento. Sin embargo, los siquiatras no saben si algún día Amparo
podrá recordar algo más que ese trozo de canción.
Historia creada por Boris Oliva.