El destino de la sopa en la cara de Ofelia, y el de las cuerdas en el sótano | De: Enchu Fe
Cuando Ofelia nació, todo el pueblo dormía. Su madre dio a luz en un sótano húmedo, con las extremidades atadas y sobre sábanas sucias que se mancharon aún más. Pasó de noche, en la oscuridad y en el frío del invierno. Perséfone la expulsó de su cuerpo siendo aún adolescente, llorando, sudando y gritando, y parecía que su bebé, todavía sin nombre, la imitara. Pero el amo no le permitió cogerlo, ni siquiera decirle el estado, el género ni el día que era, porque eso no importaba: los días no pasaban en el sótano. Perséfone, diez meses atrás había sido secuestrada a los diecisiete años y atada en el sótano del amo, que la alimentaba, la limpiaba y la violaba a diario. Esa noche invernal, le había dado un hijo. Una hija, en realidad. Y le había puesto Ofelia. Diez años que transcurrieron sin prisa se perdieron entre las paredes de la casa aquella noche en la que Ofelia se ahogó con la sopa. Sin más. Gracias a los somníferos, no logró levantar la cabeza cuando le entró sueño y apoyó la cabeza en el plato. Así que un cadáver infantil atrajo moscas y gusanos a la morada sin avisar, y el amo volvió del largo viaje después de hacer una parada rápida en el burdel local, encontrándose en su hogar el cuerpo de su hija. No dijo palabra. La enterró en el jardín y plantó flores en su tumba, y a Perséfone, que en estado crítico aún vivía, no le dijo nada. Dos años más tarde, el amo falleció durmiendo el mismo día que trituró el cuerpo de Perséfone tras violarlo una vez más y se lo dio de comer al gato; y el gato, sin alimento, acabó por comerse al amo. Cincuenta años más tarde, por la casa ya habían pasado siete familias, que se habían marchado casi siempre por el mal ambiente tan difícil de explicar que reinaba en el aire. La octava, sin embargo, se quedó. Así que, año 87, una madre, un padre y cuatro hijos, decidieron mudarse a la casa con peor reputación de todo el distrito sin sospechar absolutamente nada. Y qué ajetreadas fueron las primeras dos noches, con tanto que instalar todavía. Pero qué extrañas fueron las siguientes: ecos sin sentido, ruidos inexplicables y objetos fuera de lugar que ni siquiera pertenecían a los nuevos propietarios de la casa. Sobre todo, juguetes. Y llamaron a cuatro espiritistas, de los cuales sólo el último les ayudó, recomendándoles una médium que tardó meses en acudir. Cuando por fin lo hizo, se sentó en la butaca del centro del salón y pidió al hijo mayor, escéptico de casi dieciocho años, que apagara las luces. Todos se sentaron a su alrededor con las manos cogidas, y la mujer encendió velas rojas formando un círculo y cerró los ojos. Empezó a hablar. Al principio, murmullos apagados; luego, gritos: -¡Perséfone, Perséfone, sal del sótano! - y la casa tembló - ¡Dinos quién te hirió! Todos sintieron bofetadas en la cara y arañazos en el cuerpo. Al padre le dio un ataque epiléptico y la madre le asistió, y el resto de personas sintieron urgencias desesperadas de bajar al sótano. Una vez allí, en la oscuridad, Perséfone se manifestó: su rostro pálido, pecoso, precioso y lleno de moratones se iluminó desde dentro de sus ojos azules. Su cuerpo peligrosamente delgado, oculto por un vestido holgado, descubrió un brazo que señaló las cuerdas y dejó ir un gemido fantasmagórico. Y, simplemente, se desvaneció cuando se escuchó la pregunta ''Pero, ¿Quién es mi mamá?''. Porque había llegado Ofelia. Y algo inexplicable les ocurrió a todos: vieron cómo, en el mismo lugar pero cincuenta años antes, una niña de suaves facciones, ojos azules y tez pálida arrancaba la piel de Perséfone y era aplaudida por un anciano, el amo, que la recompensaba con un juguete de madera. ''Esta señora no es tu mamá, Ofelia. Tú no tienes mamá. No es ella ni es nadie. ¿Has visto cuantas capas tiene su piel? Mañana te enseñaré cómo es una vesícula, y así veremos también qué tal coses los músculos.''. Y la niña, entusiasmada, subió brincando las escaleras sin ver así como el amo violaba a Perséfone. En el 87, los niños y la médium vomitaron mareados tras la visión y desenterraron a Ofelia. De ella quedaban sólo huesos. Subieron también al dormitorio y la médium insistió en hacer otra sesión, durante la cual conocieron a Ofelia. Su espíritu les hizo preguntas, les gastó bromas y les invitó a jugar. Respondió a todas las preguntas que le hicieron menos a una: -Ofelia, ¿dónde está ahora tu papá? La niña enmudeció. Pero es que todos los niños yacían en el suelo, sin vida, y ningún vivo le había hecho la pregunta. La médium agonizaba sin saberlo, y el oxígeno se extinguió en sus pulmones. Aunque, antes de morir, reconoció al demonio: el amo.
Historia original creada por Enchu Fe ©.